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Haití: la historia de un padre

© UNICEF Haití/2010/McBride
Mackintosh Fran Durvier (izquierda) y Freddy Durvier (derecha), con su padre, Jean André Durvier. Un año después, los chicos Durvier están de vuelta a la escuela, un aula temporal junto a las ruinas de su escuela.

Por: Tania McBride

 

Puerto Príncipe, Haití, noviembre de 2010 - Doce meses después de que el terremoto redujera gran parte de la capital Puerto Príncipe a escombros, la vida se ha movido lentamente en Haití. Conduciendo por las calles de Puerto Príncipe, casi 12 meses después del terremoto, la vida parece que se ha movido con lentitud.

 

Si bien se han retirado la mayor parte de los escombros de las carreteras principales y se han rescatado los cadáveres de las ruinas, una multitud de personas todavía se agacha bajo las lonas a resguardo del sol de mediodía en campamentos espontáneos distribuidos por las agencias humanitarias. El tráfico es agotadoramente lento, moviéndose con el mismo ritmo que las mujeres que sortean a los vendedores ambulantes y que mantienen el equilibrio con agua o cestas de verduras sobre sus cabezas.

 

En la escuela primaria temporal Dalmas 33 Dei Gloria, los sonidos de los niños y niñas cantando los números en francés se mezclan con el ruido del tráfico constante y con el pico chirriante mientras se retiran escombros a unos pocos metros de las pequeñas aulas. Junto a esa aula, como un panqueque, está la antigua escuela, un recordatorio constante a la pequeña comunidad escolar de la devastación que se produjo en enero. En el interior, Mackintosh Fran Durvier escucha atentamente lo que su profesor está diciendo, aparentemente ajeno al calor sofocante en el aula temporal compartida. Es uno de los afortunados que sobrevivieron al terremoto junto a su familia.

 

El padre de Mackintosh Fran Durvier, al igual que muchas personas en Haití, no se puede olvidar del momento en el que el terremoto golpeó a Puerto Príncipe el 12 de enero de 2010.

 

Bajo la sombra de la lona en la parte de atrás de la pequeña escuela, Jean André Durvier habla en voz baja en medio del rugido constante de las bocinas a todo volumen y del tráfico a pocos metros de la verja de hierro ondulado. Viudo antes del terremoto, es evidente que Jean André se enorgullece de sus dos hijos, y sus ojos se iluminan cuando habla de Mackintosh, que es un estudiante aplicado.

 

"Yo había decidido, como un capricho, a las 16:15 del día del Tremblement, recoger a Mackintosh y a Freddy en la escuela. Trabajo en casa como mecánico y la escuela está a quince minutos de distancia".

 

Jean André hace una pausa para reflexionar y aclarar su garganta. Está claro que después de once meses el impacto de esos 35 segundos le ha marcado con unas emociones que están muy cerca de emerger a la superficie de nuevo.

 

"Mientras viraba hacia mi puerta a las 16:52, sentí que el coche se giraba y lo arrastraban. Yo no sabía lo que estaba pasando”, afirma con un shock que sigue estando presente. Mi asistenta de hogar, Kaida, estaba afuera y se la veía aterrada".

 

"Justo ante mis hijos, nuestra casa se derrumbó. Fue demasiado para los niños ver todo eso".

 

Jean André se secó las lágrimas que caían de sus ojos, bajó la cabeza y reunió sus pensamientos. El aire estaba cargado con las palabras no pronunciadas.

 

La rutina de la escuela ha sido vital para que Mackintosh y su hermano menor, Freddy, establezcan una vida con apariencia de normalidad. La directora, Elizabeth Myrtha Hyppolite, dice que venir a la escuela es fundamental para los niños y niñas. "Ellos están con sus amigos, que son tremendamente importantes, y pueden aprender. Es mucho mejor que estén en la escuela que en casa rodeados de los recuerdos del 12 de enero, o en los campamentos, que no son un entorno al que los niños y niñas deban estar expuestos a durante mucho tiempo", explica.

 

Jean André está de acuerdo con que la vida bajo una carpa no es la adecuada para los niños. Dice que se han tenido que enfrentar a  muchas cosas este año y que tienen una gran cantidad de preguntas.

 

"Han pasado tantas cosas este año. Me preguntan sobre lo que está sucediendo en Haití; en primer lugar el terremoto, luego el huracán y ahora el cólera. Se sienten confundidos", explica Jean André. "Yo soy su padre y la figura clave en sus vidas. Tengo que mantenerlos estables y con la moral arriba, sobre todo ahora. Tengo que ser su referencia, su ancla".

 

La directora Hyppolite asiente con la cabeza sobre estas palabras. Ella se encargó de retomar los días escolares después de que el terremoto arrasara el edificio anterior en el que había estado trabajando tantos años. La señora Hyppolite está de acuerdo con que los padres son la primera línea de apoyo. Sin embargo, cree que la comunidad escolar también proporciona un lugar donde los niños y niñas pueden encontrar algo de normalidad al margen de las dificultades caóticas del día a día. Muy recientemente, Dalmas 33 Dei Gloria recibió la visita de ingenieros de construcción de UNICEF para evaluar el sitio para la construcción de cinco aulas semi permanentes y se incorporarán instalaciones de agua y saneamiento en la pequeña escuela. Mientras que el medio físico puede ser alterado y reparado, las cicatrices de los niños y niñas de Haití no se curarán de la noche a la mañana.

 

"Tampoco hay que olvidarse de los padres, que también están sufriendo", advierte la señora Hyppolite. "Para los niños y niñas es difícil sobrevivir, y sus padres a veces simplemente no tienen el dinero para darles de comer o cuidarlos como lo habían hecho antes".

 

Con pose triste, Jean André asiente en silencio con la cabeza. "Pienso en esto todos los días. Yo vivo día a día, confiando en la generosidad de los amigos y la familia y el poco trabajo que puedo conseguir." Sus ojos se llenan de lágrimas. "Es mi responsabilidad protegerlos y mantenerlos, es muy difícil".

 

Para mayor información:

Jean-Jacques Simon, jsimon@unicef.org, UNICEF Haití

Tamar Hahn, thahn@unicef.org, UNICEF América Latina y el Caribe, Tel:  + 507 3017485

www.unicef.org/lac

 

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Acerca de UNICEF

UNICEF trabaja sobre el terreno en más de 155 países y territorios para ayudar a garantizar a los niños y las niñas  el derecho a sobrevivir y a desarrollarse desde la primera infancia hasta la adolescencia. UNICEF es el mayor proveedor de vacunas para los países en desarrollo, trabaja para mejorar la salud y la nutrición de la infancia; el abastecimiento de agua y saneamiento de calidad; la educación básica de calidad para todos los niños y niñas y la protección de los niños y las niñas contra la violencia, la explotación y el VIH/SIDA. UNICEF está financiado en su totalidad por las contribuciones voluntarias de individuos, empresas, fundaciones y gobiernos.

 

 

 
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