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Diario de terreno: Regreso a Haití

© UNICEF Haiti/2010/Cifora Monier
Más de 4,000 escuelas fueron destruidas por el terremoto y, el mes pasado, UNICEF comenzó a abrir 120 de ellas.

Por Tamar Hahn

 

Acabo de volver de Haití, mi primera visita desde que estuve allí inmediatamente después del terremoto. He estado apoyando la respuesta de UNICEF desde entonces hasta ahora. Tres meses después de ser testigo de primera mano de la indescriptible destrucción quería ver cómo estaba el país, cómo le iba a su gente y, lo más importante, a sus niños y niñas.

 

Llegué buscando esperanza para Haití y esto fue exactamente lo que encontré, literalmente por lo menos en Campo Esperanza, un asentamiento para Personas Desplazadas Internamente (IDP) a sólo cinco quilómetros de la frontera con la República Dominicana. El Campamento de la Esperanza es lo que 1,500 haitianos desplazados de Puerto-Príncipe llaman estos días hogar. Es una extensión de tierra polvorienta y desolada, con tiendas de campaña proporcionadas por la Cruz Roja y UNICEF.

 

Me dijeron que todos los niños y niñas que no estaban acompañados fueron registrados y que los adultos que llegaron durante las semanas después del terremoto a buscar a sus hijos tenían que probar que eran familiares suyos. Esto es crucial ya que el tráfico de niños en la frontera ha sido una de las principales preocupaciones. Al lado de Campo Esperanza el hospital de campaña que había atendido a 2,000 haitianos heridos por el terremoto, ahora sólo atendía a 25 personas y los doctores y enfermeras de Harvard que lo instalaron, se preparaban para desmontarlo y volver a sus casas.

 

En el campamento, los niños estaban sentados en bancos de madera bajo láminas de plástico, escapando del sol ardiente. Me senté junto a un pequeño grupo de chicas jóvenes y les pregunté cómo estaban. “Estoy bien”, dijo Jessica de 17 años. “Pero el agua es un asco y también los baños, y no tenemos privacidad en las duchas, así que nos tenemos que bañar en altas horas de la noche o antes de que salga el sol. Todas tenemos erupciones por culpa del agua sucia”.

 

De hecho, los médicos del hospital de campaña me habían dicho que el agua del campamento estaba contaminada y que había dado positivo por las bacterias E. coli.

 

La madre de Jessica, como muchos otros adultos del campamento, pasaba sus días en Puerto-Príncipe, intentando volver a empezar su negocio, un puesto donde vende ropa usada. Pregunté a Jessica qué hacía durante el día, si iba a la escuela. Ella dijo que no porque no tenía dinero para su uniforme, sus zapatos y sus libros. “Estoy aburrida, no tengo nada que hacer. Todo lo que hago es leer esto”, dijo enseñándome un folleto de las oraciones diarias titulado Mensajes de Esperanza. “Y tengo hambre”.

 

Le pregunté a Jessica qué necesitaba para hacer su vida mejor. Ella me dijo que quería volver a la escuela. Y cuando le pregunté porqué, sólo me sonrió y me contestó “¡porque la escuela es vida!”.

 

© UNICEF Haiti/2010/Cifora Monier
Dos niños juegan en Camp Hope, cerca de la frontera con República Dominicana. Aquí todos los niños solos han sido registrados.

Puerto-Príncipe: Ya no sangra, pero está lejos de cicatrizar

 

En Puerto-Príncipe un compañero me preguntó si veía alguna diferencia notable. Sí la veo. La ciudad estaba llena de vida otra vez. Caótica, acelerada, ruidosa. Una vida de tranquila ansiedad. Los campamento están por todas partes todavía, las tiendas de campaña improvisadas han sido sustituidas por tiendas de verdad, con los logotipos de las agencias de la ONU y de las ONG. Hay letrinas, agua y alimentos a pesar de que el agua no siempre es suficiente y las letrinas se desbordan con frecuencia y quedan inutilizables. Los campamentos siguen siendo espacios abarrotados de gente, llenos de basura, precariamente construidos sobre tierra yerma, plazas polvorientas y parques que están a una sola lluvia de convertirse en un pozo de tóxicos. Y la temporada de lluvias ya está aquí, y la temporada de huracanes comienza el próximo mes.

 

Para los cientos de miles de haitianos que todavía acampan fuera en una vida de miserias la situación es ligeramente mejor de lo que tenían hace tres meses, cuando se llevaron las pocas posesiones que les dejó el terremoto y salieron a vivir en las calles. Los campamentos tienen algunos servicios básicos pero por las noches están oscuros, son lugares peligrosos donde las mujeres y las niñas son violadas, donde los trabajadores sociales advierten a los padres que mantengan a sus hijos cerca por temor a los secuestros y a los abusos, y donde las epidemias son una amenaza constante.

 

El gobierno ha empezado a mover a algunas de las personas desplazadas a espacios más permanentes donde estarán más protegidas de las lluvias, pero se trata de un proceso terriblemente lento.

 

Mientras tanto, los habitantes de Puerto-Príncipe continúan sobreviviendo. Las calles son un bazar colorido y caótico, con cientos de puestos de venta de todo y de nada: zapatos que cuelgan de ramas de árbol, maíz tostado en la acera, puertas de hierro, neumáticos, almohadas, tubos, champán francés, frascos de aspirina, cargadores de teléfonos celulares, pedicuras, pruebas de embarazo, mangos.

 

Los haitianos están tratando de ganarse la vida como pueden. Y lo hacen rodeados de escombros y de cuerpos que todavía están enterrados debajo de las ruinas. Cada edificio es una pila de cemento roto y alambres retorcidos. El proceso de quitar los escombros continúa pero se estima que se necesitarán dos años para limpiar la ciudad. Cada casa lleva un sello en la entrada que puede ser verde, amarillo o rojo. Los sellos verdes significan que la casa está en buenas condiciones, los amarillos que necesita ser reforzada y los rojos, que no es apta para vivir y será demolida. La oficina de UNICEF, que por primera vez tuve la oportunidad de ver, está clasificada en la última categoría.

 

Puerto-Príncipe parece una herida abierta. Ya no sangra, pero aún está lejos de cicatrizar. Me fijé en las palabras Nou Bouke pintadas con spray en las paredes y le pregunté a mi conductor qué significaban. Me dijo que quería decir "estamos agotados."

 

En medio del bullicio de la ciudad, las calles llenas de basura y los montones de escombros, los niños y niñas caminan hacia la escuela. Más de 4,000 escuelas fueron destruidas por el terremoto y, el mes pasado, UNICEF comenzó a abrir 120 de ellas. En un país donde el 55 por ciento de los niños no recibían una educación antes del terremoto, la mirada de estos niños y niñas vestidos con uniformes perfectamente planchados, sorteando montones de escombros, con el tráfico y el caos de la ciudad, es el mejor signo de progreso.

 

Para mayor información:

Tamar Hahn, thahn@unicef.org, UNICEF América Latina y el Caribe, + 507 3017485

www.unicef.org/lac

 

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Acerca de UNICEF:

UNICEF trabaja sobre el terreno en más de 155 países y territorios para ayudar a garantizar a los niños y las niñas  el derecho a sobrevivir y a desarrollarse desde la primera infancia hasta la adolescencia. UNICEF es el mayor proveedor de vacunas para los países en desarrollo, trabaja para mejorar la salud y la nutrición de la infancia; el abastecimiento de agua y saneamiento de calidad; la educación básica de calidad para todos los niños y niñas y la protección de los niños y las niñas contra la violencia, la explotación y el VIH/SIDA. UNICEF está financiado en su totalidad por las contribuciones voluntarias de individuos, empresas, fundaciones y gobiernos.

 

 
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