Rosa Saldaña, en pro de la mujer indígena
Voluntaria, promotora y consejera, esta mujer Ngobe Buglé continúa luchando por la igualdad de género y la educación de todos los niños y niñas. Panamá, 3 de marzo de 2010 - La hoja vida de Rosa Saldaña, de 38 años, a primera vista impresiona: Voluntad Su labor como voluntaria la desempeña enseñando a otras mujeres indígenas a leer, y comenzó a los 23 años. “Me interesó trabajar con las mujeres que no sabían leer ni escribir, porque ví que había una necesidad en Alto Caballero (en la Comarca Ngobe Buglé)”. En voz baja y tono pausado, relata que su primera emoción al ser voluntaria fue de felicidad, “porque quería que el grupo de mujeres por lo menos aprendiera a firmar. Eran 15…”, recuerda. Y sí, hoy todas firman y leen. Lo hizo –y sigue haciéndolo- sin apoyo de nada ni nadie. La gente ha escuchado hablar de ella y llegan a su casa. “Soy cristiana, y muchos vienen a mi casa a buscar apoyo, pedir consejo… los creyentes tenemos mentalidad de que ante Dios, todos somos iguales, hombre y mujer”. Ella y su esposo, Moisés, con quien lleva 19 años de casada, han sido elegidos como pilares del pueblo. Algo difícil en una sociedad machista, y con un problema serio de violencia doméstica, cuenta Rosa. “Es difícil, porque los padres le han transmitido a los hijos la mentalidad de la violencia del hombre contra la mujer. Los niños están viviéndolo, y están creciendo con eso”. Sus ideas de cómo hacer la diferencia son claras: “a los hombres se les debe orientar, aconsejar, junto a la mujer, siempre en pareja. Quizás la violencia (doméstica) no se termine así, pero siempre se puede cortar, reducir…” Y Rosa ha vivido en carne propia los efectos del machismo desde niña. Sólo llegó hasta noveno grado escolar porque, en esos tiempos, “todavía los preferidos eran los hijos varones”, y ni su padre ni abuela podían enviar a la escuela a todos sus hijos. Ella, al ser mujer, fue quien sufrió, por lo que a los 15 años, ya Rosa no pudo continuar sus estudios.
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Acerca de UNICEF
Y, desde los 8 años, tuvo que trabajar a diario en el campo. Ella y sus tres hermanos fueron abandonados por su madre cuando ella tenía apenas 5 años (sus hermanitos tenían 6 y 4; había uno más pequeño, pero murió). La crió su abuela paterna “en el cafetal, cosechando café, para poder ir a la escuela… coseché café desde los 8 años hasta los 14”. Eran jornadas largas de trabajo, de sol a sol. “Esa vida que yo tuve no se la hubiera dado a usted. Soy pobre, pero busco darle una mejor vida a mis hijos”, cuenta. Vivía en Cerro Plata, en Chichica, Tolé, un área muy apartada y pobre, sin ninguna necesidad básica, solo el techo que los protegía de los fuertes soles en verano y lluvias torrenciales en la época lluviosa. “Lo que más recuerdo de mi infancia es que trabajábamos duro, muy duro, sin tener una madre en la casa que nos dijera que nos quería….” Uno de sus hermanos, que sí logró terminar la escuela, hoy es doctor en la comarca. El terminó el sexto año en Boquete, luego estudió geografía en David y, gracias a una beca, se graduó de médico en Cuba. Su otro hermano no tuvo la misma suerte, y no pudo terminar su educación. Hoy día, además de todos los voluntariados que realiza, de ser presidenta de la Escuela Evangélica de Mujeres del Comité Municipal “Amigos de los Niños”, auspiciado por UNICEF, facilitadora voluntaria de derechos humanos, y del grupo Mujeres Unidas Trabajando por el Futuro, Rosa es la que mantiene su hogar, ya que su esposo sufrió un derrame hace tres años y no puede trabajar. Junto con su grupo de mujeres, confecciona naguas y chácaras (el traje típico), y realizan artesanías para la venta. Ese es el sustento de ella, su esposo y sus 5 hijos (4 mujeres y un varón), la más pequeña de 3 años. Y “nunca he puesto a mis hijos a trabajar… lo único que les puedo dejar es la educación”. Asegura. “Yo le digo a mis hijas mujeres que si me hubieran dado la oportunidad que yo les estoy dando a ellas, yo hubiese sido alguien en la vida”. Y todo lo hace “para que mis hijos vean que yo, sin ser nadie, puedo hacer mucho”.
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