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Reflexiones sobre mi estadía en Haití

19 de febrero de 2010

Por: Chris Tidey

Ha pasado más de un mes desde el terremoto que devastó Haití, como también ha pasado el tiempo de mi estadía en ese país. Desde que regresé a Canadá, he reflexionado constantemente sobre lo que vi, las personas con las que hablé y el modo en que continuarán los esfuerzos de socorro.

Cuando llegué a Puerto Príncipe el 26 de enero, me impresionó inmediatamente la dimensión del desastre. Parecía que uno de cada dos o tres edificios se había transformado en una montaña de escombros. Se estima que se deben retirar de la capital y sus alrededores unos 20 millones de toneladas de escombros.

Caminar por la calle los días siguientes fue como flotar en una extraña tierra de ensueño donde casi podía sentir el pasado de la ciudad que visitaba y de cada una de las casas, escuelas, comercios y edificios gubernamentales destruidos.En cada aliento, sentía el polvo de lo que alguna vez fue.

Gran parte de la historia de ciudades como Puerto Príncipe, Leogane y Jacmel está destruida, pero sus sobrevivientes, que son la historia viva de Haití, tratan de pasar cada día lo mejor que pueden pese a la enormidad de su pérdida.

El sismo del 12 de enero afectó a cerca de tres millones de personas y dejó a más de un millón sin hogar. En casi todos los barrios de Puerto Príncipe y otras zonas afectadas, vi a estas personas viviendo en campamentos improvisados, buscando trabajo en la calle para sustentar a sus familias y escarbando en los escombros de lo que fueron sus casas.

Visité varios de estos asentamientos temporales donde viven muchos de los niños y familias que han quedado sin techo. Solamente en el campamento de Champ de Mars, en Puerto príncipe viven más de 15,000 personas. Describir sus condiciones de vida como difíciles sería un juicio demasiado modesto. Las familias duermen hacinadas bajo refugios hechos de sábanas y chatarra. Durante el día, nada las alivia del calor, y por la noche, no pueden alumbrarse por falta de electricidad. El hacinamiento hace que no exista privacidad y que la propagación de enfermedades oportunistas sea una amenaza muy real.

Y además están los niños. Casi cerca del 40 por ciento de la población de Haití tiene menos de 15 años de edad, el desastre ha afectado a los niños y adolescentes de manera desproporcionada. Muchos de los niños de las zonas afectadas por el terremoto perdieron su casa, sus padres o hermanos, sus escuelas, sus maestros o sus amigos, o todo ello en conjunto.

Conocí a Bergeline, una niña de once años que vive en un orfanato de Puerto Príncipe apoyado por UNICEF. Toda su familia, incluidos sus padres y sus cuatro hermanos, murieron cuando su casa se derrumbó con el sismo. También conocí a Jean Pierre, de siete años. Encontré al niño al lado de un camino de tierra en Puerto Príncipe, vendiendo cigarrillos para ayudar a su familia sin techo. En Haití viven miles de Bergelines y Jean Pierres, cada uno con su propia historia desgarradora. Me pregunto qué será de ellos, y qué será de su país.

No existe una respuesta clara, pero en medio de la destrucción y la desesperación vi cierto progreso. Ese progreso me dio motivos para creer que es posible un futuro mejor para los niños de Haití.

Cuando llegué a Puerto Príncipe, UNICEF y sus asociados estaban distribuyendo agua limpia a unas 300,000 personas por día. En pocos días, esa cantidad aumentó a 550,000 personas diarias. Desde ayer, el agua limpia llega a un promedio diario de 850,000 personas en 300 lugares de Puerto Príncipe, Leogane y Jacmel. Eso es progreso. El agua potable segura es esencial para la supervivencia de los niños y sus familias y para prevenir la propagación de enfermedades transmitidas por el agua, a las cuales los niños son especialmente vulnerables.

También vi a UNICEF y sus asociados responder rápidamente a la amenaza de las enfermedades infantiles en los campamentos atestados mediante una masiva campaña de inmunización que llegará a cerca de 500,000 niños en las próximas semanas. Durante mi segunda semana en Haití, vi vacunar a los niños contra el sarampión, la rubeola, la difteria y el tétanos en cada uno de los campamentos que visité. Eso es progreso.

En mi tercera semana, en asentamientos donde no había presenciado antes ningún tipo de asistencia humanitaria, seguí a los equipos de UNICEF mientras realizaban evaluaciones nutricionales de madres e hijos. Vi como daban a las jóvenes madres asesoramiento nutricional y les entregaban galletas de alto contenido energético y suplementos alimenticios para sus hijos. Eso es progreso.

Vi cómo capacitaban a líderes comunitarios para identificar y registrar a niños no acompañados a fin de mantenerlos sanos y seguros mientras UNICEF y sus asociados trataban de reunirlos con sus familias. Vi cómo UNICEF construía letrinas y lavatorios en los asentamientos. Trabajé con una misión en lo alto de una montaña en las afueras de Puerto Príncipe que se preparaba para reabrir su escuela y su clínica médica con la ayuda de los suministros didácticos y médicos de UNICEF. Todo eso es progreso.

Ante un desastre tan devastador, estas señales de progreso pueden no parecer gran cosa. Comparadas con la escala de la destrucción y con la pobreza preexistente, pueden parecer incluso insignificantes e intrascendentes. Sin embargo, no lo son.

El progreso en Haití se verá y medirá en pequeños pasos: otra familia con acceso a una fuente segura de agua potable, otra escuela reinaugurada, otro niño vacunado contra el sarampión. Estos pequeños pasos son increíblemente importantes porque cada uno es un bloque de construcción en el proceso de transformación del país en algo mejor de lo que era. Cada paso se construye sobre el anterior.

Desde que regresé a Canadá, no he podido dejar de sentir que dejé una parte de mí en Haití. Las imágenes de los niños y las familias que conocí allí se presentan cada día ante mis ojos. Me pregunto y me preocupo por ellos. Es por ellos que yo también me siento comprometida con el futuro del país.


Para mayor información
Tamar Hahn, thahn@unicef.org, UNICEF America Latina y el Caribe, Tel  + 507 3017485
www.unicef.org/lac

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Acerca de UNICEF

UNICEF trabaja sobre el terreno en más de 150 países y territorios para ayudar a garantizar a los niños y las niñas  el derecho a sobrevivir y a desarrollarse desde la primera infancia hasta la adolescencia. UNICEF es el mayor proveedor de vacunas para los países en desarrollo, trabaja para mejorar la salud y la nutrición de la infancia; el abastecimiento de agua y saneamiento de calidad; la educación básica de calidad para todos los niños y niñas y la protección de los niños y las niñas contra la violencia, la explotación y el VIH/SIDA. UNICEF está financiado en su totalidad por las contribuciones voluntarias de individuos, empresas, fundaciones y gobiernos.

 

 
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