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Declaración ante la OEA del Director Regional de UNICEF para América Latina y el Caribe

© UNICEF Colombia/2008/E.Lotta
La apertura oficial de la 38 Asamblea General de la Organización de Estados Americanos, en Medellín, Colombia, bajo el lema ¨Juventud y Valores Democráticos¨

31 de mayo de 2008 - Me gustaría comenzar esta declaración expresando a la Organización de los Estados Americanos y al Gobierno de Colombia mi más sincera felicitación, en nombre de UNICEF y de las organizaciones hermanas del sistema de las Naciones Unidas, por haber considerado la Juventud y los Valores Democráticos como el tema central de la trigésimo octava sesión ordinaria de la Asamblea General.

 

A UNICEF le complace especialmente que este año los temas relacionados con nuestra juventud sean el elemento central tanto de esta reunión como de la próxima Cumbre Iberoamericana que se celebrará en El Salvador. La cuestión reviste una importancia especial para esta región. En la actualidad, 106 millones de jóvenes entre los 15 y los 24 años viven en América Latina y el Caribe, la mayor cantidad de personas jóvenes en la historia de la región. Su potencial para marcar la diferencia es enorme, y sin embargo estamos retrasados en la tarea de garantizar que los jóvenes desempeñen una función activa y positiva en la configuración del futuro de esta región.

 

Aunque los datos estadísticos indican que la región de América Latina y el Caribe está logrando progresos sustanciales en lo que se refiere a sus indicadores sociales, persisten diferencias cada vez mayores en materia de desigualdad social y económica y muchos de los adolescentes y jóvenes de la región están quedando rezagados. En UNICEF a menudo nos referimos a la “tiranía de los promedios” que oculta en los indicadores las numerosas desigualdades flagrantes que hay entre los segmentos más ricos y más pobres de la sociedad. Estas disparidades afectan especialmente a las familias indígenas y afrodescendientes, a las mujeres y los niños y niñas que trabajan en la economía no estructurada, a quienes viven en zonas rurales o fronterizas, muy lejos de todo tipo de servicios, a las personas que no aparecen en las estadísticas oficiales (como las poblaciones migrantes) y a los discapacitados.

 

La pobreza afecta a los jóvenes de América Latina y el Caribe desproporcionadamente, ya que un promedio de un 39% de este grupo vive en condiciones de pobreza. Los elevados niveles de pobreza extrema, de discriminación, de exclusión y de desestabilización de la familia generan altos y desproporcionados niveles de alcoholismo, de adicción a las drogas y de suicidios entre los adolescentes indígenas.

 

Los jóvenes son también las principales víctimas de la violencia: se considera que América Latina y el Caribe es una de las regiones más violentas del mundo, y 6 millones de niños, niñas y adolescentes sufren todos los años graves abusos, entre ellos el abandono. Cerca de 220 niños, niñas y adolescentes menores de 18 años mueren todos los días debido a la violencia doméstica, lo que significa 80,000 niños al año. El Caribe ocupa el primer lugar en el mundo en materia de tasas de asesinato y en esta zona se registran también las tasas más elevadas de homicidios entre jadolescentes de 15 a 17 años. Los adolescentes tienen seis veces más posibilidades de ser víctimas de esta violencia que las adolescentes.

 

Un dato alarmante es que en la región hay 10 millones de personas jóvenes desempleadas, y 22 millones de jóvenes (aproximadamente el 25% de todos los jóvenes de América Latina y el Caribe) que están desempleados y no van a la escuela.

Los adolescentes y las personas jóvenes soportan también la peor parte de la epidemia del SIDA: según los cálculos, aproximadamente 420,000 jóvenes de 15 a 24 años viven con VIH en la región, y el rostro del VIH/SIDA es cada vez más el de una mujer adolescente.

 

Cuando hablamos sobre las personas jóvenes no debemos olvidar a los adolescentes. Ellos son especialmente vulnerables, debido a que se encuentran en una encrucijada vital muy peculiar: una encrucijada colmada de oportunidades y plagada de desafíos. Hay grandes posibilidades de que las decisiones que adopten los adolescentes marquen el resto de sus vidas y es muy probable que estas decisiones sean el resultado de las circunstancias en las que viven.

 

Un adolescente que vive en la pobreza, con muy poco o ningún acceso a la educación, a los servicios de salud y a la protección tiene más posibilidades de realizar actos de violencia, de contraer el VIH y de no recibir una educación. Un adolescente que haya sido testigo de la defensa de sus derechos tiene más posibilidades de convertirse en un miembro positivo de la sociedad.

 

Si queremos garantizar que los adolescentes y los jóvenes tengan la posibilidad de desempeñar una función política en el contexto social y productivo de un entorno democrático, es fundamental que forjemos nuevas modalidades para tratar con ellos. Hasta la fecha, la mayor parte de las políticas públicas para las personas jóvenes en América Latina y el Caribe se han adoptado como reacción a los acontecimientos y han tenido un carácter represivo. Ahora disponemos de la posibilidad de garantizar que las intervenciones sean oportunas y eficaces. Para hacerlo debemos comenzar a invertir en las personas jóvenes incluso antes de que hayan nacido.

 

La inversión en la futura generación debe comenzar incluso cuando sus miembros se encuentren todavía dentro del útero materno, al garantizar que las madres –especialmente las madres adolescentes– reciban una atención adecuada de la salud durante el embarazo y el alumbramiento y obtengan los medios necesarios para ocuparse de sus hijos.

 

Invertir en la primera infancia es igualmente crucial. Cuando se priva a los recién nacidos y a los niños y niñas de corta edad de atención básica de la salud y se les niegan los nutrientes necesarios para su crecimiento y desarrollo, se les está condenando a fracasar en la vida. Pero cuando se alimenta bien a los niños y se les proporciona atención y un entorno seguro y estimulante, hay más posibilidades de que sobrevivan, de que contraigan menos enfermedades y de que desarrollen plenamente el pensamiento, el lenguaje y las aptitudes emocionales y sociales. Cuando vayan a la escuela tendrán más posibilidades de éxito. Y posteriormente, cuando sean adultos, tendrán mayores posibilidades de convertirse en miembros creativos y productivos de la sociedad.

 

La inversión en los adolescentes es la etapa siguiente en el continuo de la atención que comienza antes del nacimiento y progresa hacia la lactancia y la primera infancia y posteriormente hacia la adolescencia. Los adolescentes y los jóvenes tienen derechos –como lo expresa la Convención sobre los Derechos del Niño de 1989– que incluyen el derecho a la información y a desarrollar aptitudes; el derecho al acceso a servicios como la educación, la salud, la recreación y la justicia; el derecho a disfrutar de un entorno sin riesgos y propicio; y el derecho a disponer de la posibilidad de participar y de expresar sus opiniones. Los países que han ratificado la Convención tienen que adoptar todas las medidas necesarias para garantizar estos derechos.

 

Sin embargo, las sociedades hacen frente una y otra vez en el mundo a los síntomas de su fracaso colectivo en la tarea de satisfacer y proteger los derechos de los adolescentes. Como resultado, miles de nuestros adolescentes y nuestros jóvenes están tomando decisiones con consecuencias decisivas para el resto de sus vidas sin la orientación ni el apoyo de los adultos, y sin los conocimientos ni las aptitudes necesarias para protegerse a sí mismos. Tenemos que invertir en ellos. Necesitan acceso a la información, a las aptitudes y a los servicios. También necesitan sentirse seguros, apoyados y vinculados a los adultos que hay en sus vidas.

 

Muy a menudo, la sociedad considera a los adolescentes y a las personas jóvenes como un “problema” y una “carga”. Sin embargo, los adolescentes representan un enorme recurso para todas las sociedades. Aprovechar su energía y su entusiasmo, fomentando su ejercicio del derecho a la participación, fortalece a la sociedad. Ayudar a los adolescentes a adoptar estilos de vida saludables y llevar a cabo “proyectos vitales” sirve para reducir los costos que representan para la sociedad muchos de los problemas sociales que afectan a los adolescentes y, aún más importante, les instruye y les potencia para evolucionar con madurez hacia el desempeño de sus funciones como dirigentes futuros y participantes activos de una sociedad democrática.

 

No hay soluciones simples, ni ninguna intervención que por sí sola pueda responder a los numerosos desafíos que los jóvenes de hoy en día tienen que hacer frente. La sociedad está obligada a guiarlos a lo largo de este crítico período de tiempo y a tratarlos con respeto y con comprensión. Cuando las sociedades asumen estas responsabilidades, los beneficios se multiplican de una manera que nunca se había imaginado y los jóvenes se convierten en lo que todos nosotros aquí nos gustaría ver: en participantes involucrados y comprometidos con el proceso de cambio social, económico y político de los países del hemisferio.

 

UNICEF y las organizaciones hermanas del sistema de las Naciones Unidas desean apoyar iniciativas, programas y políticas que conviertan todo esto en realidad. La manera en que la sociedad responda puede significar el éxito o la ruina para el futuro de una persona joven.

 

 

Nils Kastberg

 

Para mayor información

Wivina Belmonte, wbelmonte@unicef.org, UNICEF América Latina y el Caribe

 

Acerca de UNICEF
UNICEF trabaja sobre el terreno en más de 150 países y territorios para ayudar a garantizar a los niños y las niñas  el derecho a sobrevivir y a desarrollarse desde la primera infancia hasta la adolescencia. UNICEF es el mayor proveedor de vacunas para los países en desarrollo, trabaja para mejorar la salud y la nutrición de la infancia; el abastecimiento de agua y saneamiento de calidad; la educación básica de calidad para todos los niños y niñas y la protección de los niños y las niñas contra la violencia, la explotación y el VIH/SIDA. UNICEF está financiado en su totalidad por las contribuciones voluntarias de individuos, empresas, fundaciones y gobiernos.

 

 
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