Historias de vida

Historias de Vida de UNICEF Honduras

 

Brenda: "Las reglas de la mara me obligaban a matar a mi marido cuando quiso abandonar la pandilla"

  © UNICEF Honduras / 2011 / M. González
Brenda relata su dura experiencia como integrante de las maras. Tras abandonarlas, hoy mira al futuro con optimismo.

Por Marcos González

Tegucigalpa, 18 de agosto de 2011.-
Brenda se muestra tímida y reservada. Observando la candidez de su rostro, cuesta imaginar su vida anterior y las experiencias por las que pasó como miembro de la Mara 18, una de las más peligrosas de Honduras. Su primer contacto con las pandillas fue cuando tenía unos 22 años, “ya mayorcita”, tal y como ella dice. Hoy tiene 33, y desde hace unos siete años vive feliz tras abandonar la mara y el entorno violento que la rodeaba.

“Mi primera relación con ellos fue a través de una amiga, quien nunca me dijo que era pandillera”, recuerda. Cuando le preguntamos por qué aceptó entrar en ese mundo, su respuesta es clara. “Al principio son como tus hermanos, te ofrecen el cariño que te falta de otras personas cercanas. Realmente te sientes muy bien acogida”.

 

Brenda está casada con Óscar, quien también era miembro de la misma mara. Curiosamente, ninguno de ellos lo sabía en el momento en que se conocieron. A partir de entonces, Brenda afirma que su vida cambió, y que ambos se sirvieron de apoyo en los períodos más difíciles. Porque precisamente la mara, la misma que aseguraba ser su familia, fue la responsable de algunos de los peores momentos de sus vidas.

 

Pronto descubrieron algunas de las reglas de la pandilla. “Al pertenecer a la misma mara, mi marido debía ser castigado si me hablaba de malos modos. Asimismo, si yo le hablaba mal, él estaba obligado a sacar un arma contra mí”, relata. Aunque la peor ‘prueba de fidelidad’ a la pandilla estaba por llegar.

 

“Cuando él decidió abandonar el grupo, las reglas de la mara me obligaban a matarlo. Y lo intenté varias veces, pero no pude”, recuerda con aparente tranquilidad. ¿Y qué le llevó a desobedecer las normas? “Ya por entonces teníamos un hijo, ¿cómo iba a matarlo? Él no hacía más que desearme cosas buenas, tratarme con cariño. Vi que era un hombre humilde y que de verdad me quería, por encima de la pandilla. Supe entonces que yo también tenía que salir de aquello”, afirma.

  © UNICEF Honduras / 2011 / M. González
Brenda posa sonriente junto a su marido y varios de sus hijos ante su humilde vivienda en la colonia Nueva Jerusalén de la capital hondueña

 

Las mujeres en las maras

Tras unos tres años de pertenencia al grupo, abandonarlo tampoco fue fácil para ella. “Como nosotras también hemos realizado actos delictivos, nos chantajean con delatarnos y descubrirnos”, dice. Finalmente lo consiguió, y dejó atrás estancias en prisión por tráfico de drogas y participación en delitos como homicidios que prefiere no rememorar hasta que cicatricen las heridas que le siguen causando los recuerdos.

 

Tampoco le gusta profundizar en detalles sobre cuál era el papel que desempeñaban las mujeres en la mara, a menudo relegadas a un segundo plano y utilizadas en ocasiones como objetos sexuales. “A nosotras se nos trata por igual. Bueno -corrige al instante-, las mujeres teníamos que respetar a los hombres, como líderes que son del grupo”. A la hora de delinquir, sin embargo, afirma que no había diferencia en el reparto de roles.

 

Actualmente, todo es distinto en su vida y prefiere mirar sólo hacia el futuro. “Hoy soy feliz, cuido de mis seis hijos y ayudo a mi marido a orientar a otros jóvenes en situación similar a la que nosotros vivimos”. Él participó en el programa ‘Borrón y vida nueva’ que, apoyado por UNICEF, promueve el borrado de tatuajes que estigmatizan de por vida a quienes abandonan las pandillas.

 

Brenda no necesitó participar en este proceso ya que, sorprendentemente, nunca se hizo un solo tatuaje. “Yo andaba en misiones, y al no estar tatuada, no se me identificaba. Además, mi marido no lo permitía…”, admite.

 

El no tener marcas sobre su piel le permitía moverse con mucha más libertad, y también le facilitó reintegrarse cuando abandonó la mara. “Aquí en Honduras, en cuanto la gente ve un tatuaje, enseguida lo identifica con los mareros. Todo el mundo lo asocia con algo delictivo”.

 

Para las y los jóvenes a quienes intenta ayudar, siempre les recuerda que entrar a una mara es fácil, pero abandonarla es muy difícil. Y también a sus padres y madres les envía un claro mensaje. “Que cuiden de sus hijos, que les den mucho amor, que eso es lo que nos une, y el motivo por el que mucha gente ingresa a las maras al sentirse sola y desprotegida”.

 

 
Search:

 Email this article

unite for children