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Normalidad e Inocencia Interrumpidas

© UNICEF/Guatemala/EPrieto
La inocencia de su edad, hace que Anabela logre evadirse más de su realidad.

Vicente y Anabela

En Santiago Atitlán hay demasiada actividad para ser viernes. El parque central, las calles aledañas, el centro de salud… donde quiera que vayas… Desde hace dos semanas, tras las torrenciales lluvias que el huracán Stan provocó, la normalidad de este municipio desapareció. Junto con la normalidad, también desaparecieron los sueños de mucha gente, y junto a esos sueños, los seres queridos, las casas y los cultivos de muchos otros.

Anabela y Vicente Chumil Ramírez, de cinco y ocho años han perdido a sus padres y a su hermana pequeña, dos primos, su casa… Lo han perdido casi todo. Sus abuelos, una tía, un tío y un primo lograron sobrevivir y serán quienes ahora se encarguen de ellos. Don Vicente, el abuelo, quedó ciego hace algunos años, tras una operación de cataratas que convirtió la ceguera en su sufrimiento. Doña Ana, la abuela, es más joven.

Su mirada está marcada por la tristeza y el recuerdo de la última noche en su hogar de Panabaj, antes de que “el lodo bajara del volcán” y arrasara con su vida. En la tragedia perdió a su hija, su yerno y tres nietos.

“No puedo olvidar aquella noche. Llovía mucho y en un momento la casa se llenó de agua. Mi hijo Gerson, de 15 años, nos ayudó a salir. Me quitó las piedras que me impedían levantarme de la cama y salimos de la casa. Luego regresamos, pero ya no pudimos salvar a los que se quedaron.

Eran cinco. Tuvimos que salir huyendo de nuevo porque la gente gritaba que iba a bajar más agua y más piedras. Lo oíamos. Vinimos entonces para Santiago. Cuando luego regresamos, la casa estaba soterrada por el lodo. Conseguimos encontrar a todos los que murieron. Ahora descansan en el cementerio, pero yo sigo muy triste” explica doña Ana. No llora mientras relata su historia. Parece como si en sus ojos se hubieran extinguido las lágrimas. Quizás ya no le quedan más, después de todo lo llorado en los últimos días. O quizás su nieta sentada sobre sus piernas, y que no para de moverse ni de reír, le de la fuerza suficiente para no hacerlo.

Anabela es una niña inquieta. Muy risueña. La inocencia de su edad consigue difuminar la tragedia de la que ha sido víctima. Abraza a su abuela mientras ella habla. Lo hace sin intención algu-na, pero sin ella saberlo, consigue contagiarla esa energía inocente.

© UNICEF/Guatemala/EPrieto
Vicente tiene reflejada la tristeza en su rostro.

En Vicente, algo más mayor que su hermana, esa inocencia ha sido interrumpida con los recuer-dos que se reflejan en sus negros ojos. Sentado en una silla, mira al infinito, silencioso. Su abuela explica como está sufriendo la ausencia de sus padres. “Mi papá ha muerto” asegura doña Ana que Vicente repite constantemente.

Su tía Maria Luisa, sentada junto a Vicente peina el cabello del niño. Besa su mejilla y luego sienta a su hijo en su regazo. Tras el deslave que destruyó la casa de sus papás, perdió a sus dos hijas mayores de 10 y 7 años. “Echo de menos a mis nenas. Ellas me acompañaban siempre. Yo recuerdo como mi nena caminaba junto a mí, y yo la agarraba por el hombro. Ahora ellas murieron. Sólo a mi nene conseguí salvar”, asegura María Luisa, con los ojos llenos de lágrimas.

Vicente no habla sobre lo que recuerda. Guarda silencio, y a menudo las lágrimas le invaden su rostro. La tristeza impide que se levante de la silla para ir a jugar con el resto de los niños que, como él, han perdido su casa. Con una peonza en la mano observa como ellos juegan, pero él prefiere estar allí sentado. Rodeado de la familia que lo acompaña. Sin hablar. Unos minutos más tarde, se levanta y le dice a su abuela al oído que quiere acostarse. Ella se levanta a buscar un petate y la coloca a los pies de las sillas que ella y su esposo ocupan. Vicente se tumba, y unos minutos después duerme plácidamente. Su abuela lo arropa.

El futuro de esta familia es incierto. Sólo saben que quieren mantenerse juntos, y cuidar de los dos nietos que han perdido a sus padres. Pero ni siquiera saben dónde irán cuando tengan que abandonar el albergue. Ni cómo sobrevivirán con la ceguera del abuelo que le impide trabajar. Doña Ana, sin embargo, quiere que sus nietos estudien: “Quiero que vayan a la escuela, y que aprendan a escribir para que salgan adelante”, explica. En ese mismo momento, Don Vicente ausente en sus pensamiento interrumpe a su esposa para preguntar, “¿usted seño, conoce alguna medicina para poder dormir? Desde que salimos de la casa no he conseguido dormir por las noches. Yo oigo que muchos roncan y yo paso la noche dando vueltas y sin conseguir dormir ni un ratito”.

Se puede lograr que el sueño de doña Ana, para que sus nietos consigan mayores oportunidades en la vida, se haga realidad. Una beca escolar, lograría la permanencia de Vicente y Anabela en la escuela. Y quizás así también, Don Vicente con una preocupación menos, conciliaría el sueño de nuevo…

Texto y fotografías: Elena Prieto

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