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Una esperanza de vida

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© UNICEF/Gua2006

Luisa* siente que el mundo se le cae sobre sus hombros. Lleva consigo un peso que enfrenta con valentía: Ella, su hija de tres años y su esposo tienen VIH. Pero su dolencia mayor es el temor de que su hija de dos meses también tenga la misma enfermedad.

“Vine al Hospital Roosevelt porque mi primer hija se enfermaba mucho de los bronquios. Aquí me dijeron que ella tenía SIDA y como yo estaba nuevamente embarazada, me hicieron la prueba a mí… Yo también resulté positiva. Mi esposo me había contagiado antes de mi primer embarazo. En el programa de Prevención de la Transmisión Vertical del VIH nos dijeron que al estar nuevamente embarazada era muy peligroso para el bebé. No sé qué nos pasó… Ahora estamos temerosos de que nuestra bebita también tenga SIDA”, se lamenta.

El programa de Prevención de la Transmisión Vertical del VIH del Hospital Roosevelt es impulsado por el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), Visión Mundial y el Programa Nacional de ITS/VIH/SIDA.

La trabajadora social Aura González dice que el caso de Luisa es complicado. “Sabemos que es difícil pero ella es una mujer muy valiente y ahora le está haciendo frente al problema. La idea de este programa es que las madres tomen sus precauciones una vez se les detecta el VIH”, explica.

En la clínica, las especialistas le proporcionan a Luisa los medicamentos para ella y su hija de tres años. En el caso de su segunda hija tendrá que esperar hasta los 18 meses para que los médicos establezcan si está o no contagiada de VIH. “Mientras los doctores averiguan la situación de mi bebé, seguiré viniendo cada mes a mis citas.

Mi esposo está consciente de su error y nos dijo que le importaba que nosotros nos tratáramos primero. A él no le dan permiso en su trabajo y nadie sabe que tiene SIDA porque de lo contrario lo despedirían”, cuenta angustiada.

Emma Santos, enfermera profesional y una de las primeras en impulsar el proyecto, explica que desde 2003 se inició el programa cuyo propósito es evitar la transmisión del virus del VIH de madre a hijo. “Es importante que las madres tomen sus precauciones. Aquí les damos tratamiento desde el tercer mes de embarazo, recomendamos que el parto sea por medio de cesárea para que el niño no esté en contacto con las segregaciones vaginales y de la sangre de la madre. A la señora le indicamos que no debe dar lactancia materna”, dice Santos.

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© UNICEF/Gua2008/Rolando Chews Klee

Según las estadísticas de ese hospital, el programa atiende entre ocho y diez pacientes por mes a quienes les ha diagnosticado como positivas para el VIH. Para Santos, ése es un indicador alto, pues el Roosevelt es tan sólo una muestra de lo que ocurre a nivel nacional.

“La característica común de estos casos es que las señoras ignoran cómo está su salud. Ellas vienen por una consulta prenatal, les hacemos la prueba y salen con el golpe psicológico de que fueron contagiadas”, refiere.

Lydia Mota, psicóloga asignada a ese programa, informa: “Es muy doloroso. Muchas veces el golpe no es por ser portadoras, sino por la infidelidad de su pareja y la posibilidad de contagiar a su bebé. Si se detecta a una persona embarazada se le puede dar  tratamiento y apoyo adecuado. Hay un porcentaje alto de que el bebé no nazca infectado”.

El programa tiene una intensa interrelación entre la psicóloga, la trabajadora social, las enfermeras, la nutricionista y la química bióloga. Aunque reconocen que les hace falta recursos y personal, dicen que esa experiencia las ha hecho más sensibles y solidarias ante tal situación. “Aquí nos hace falta medicamentos y alimentación para los bebés”, refiere una de ellas.

En el caso de los recién nacidos abandonados, son remitidos a hogares que atienden a este grupo de la población.

Pero Luisa no es de ese grupo que abandona a sus hijos. Ella ha decidido quedarse junto a su esposo y batallar porque sus hijas estén bien. “Con lo poco que gana mi esposo apenas nos alcanza para la leche de las niñas. En el programa consigo la leche mucho más barata que en cualquier farmacia. En lo que gasto mucho es en pasajes del autobús, pero no importa con tal de que mis hijas estén bien atendidas”, asegura Luisa.

Ahora, dice, su responsabilidad es doble porque debe afrontar la vida junto a sus dos hijas y junto a su esposo.

(*) Nombre ficticio

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