Retorno a la escuela después de la tormenta
La tormenta tropical Ágatha en 2010, causó el desbordamiento de los ríos Ramírez y Camaché, en Suchitepéquez, que dejaron incomunicada el área donde se encuentra la humilde vivienda de Victoria Saquic, de 15 años, lo cual la imposibilitó, al igual que a sus dos hermanas, Ester, de 13, y Zulma, de 12, de asistir a la escuela por temor a que la corriente las arrastrara. “Tuve mucho miedo y me puse a llorar, creí que nos íbamos a morir, porque los ríos crecieron tanto y no podíamos salir de la finca. La corriente traía arrastrando árboles y eso me asustó; busqué dónde protegernos con mis hermanas, mientras nos ayudaban”, recuerda Victoria. La tormenta Ágatha se abatió con fuerza sobre Guatemala, a fines de mayo último, con cauda de 174 muertos, 113 personas desaparecidas, medio millón de damnificados y la destrucción de 38 mil 313 hectáreas, con un costo de 40.7 millones de dólares. Esta no es la primera vez que las tres niñas son damnificadas por un fenómeno natural. En octubre del 2005, las correntadas provocadas por la tormenta tropical Stan destruyeron su vivienda en el caserío Camaché Grande, por lo que un amigo de la familia les dio auxilio y las llevó a un albergue. Aunque salvaron la vida hace cinco años, para las pequeñas esa situación significó que se truncara su asistencia a la escuela porque su familia se tuvo que trasladar a Camaché Chiquito, del municipio de Santo Tomás La Unión, donde su padre, Julio Margarito Saquic Satay, consiguió trabajo para cuidar una finca de crianza de pollos, con un salario de Q250 (US$31.25) semanales. En esta ocasión, la tormenta Ágatha los volvió a afectar: La Escuela Rural Mixta 15 de Septiembre, ubicada en Godínez, Suchitepéquez, y donde Victoria estudia 6º. grado de primaria, se inundó totalmente y tuvo que suspender clases durante una semana. Pese a que la lluvia había amainado, la adolescente temía regresar a estudiar porque luego de salir del caserío donde vive debe atravesar un riachuelo que se transformó en un inmenso caudal de agua que amenazaba con arrastrarla. Para llegar al establecimiento educativo, Victoria debe recorrer un kilómetro, pasando por un camino empedrado, montañoso y solitario en compañía de Zulma, que cursa segundo primaria, y Ester, que está en cuarto grado. Cada día deben levantarse a las 6 de la mañana para dejar hecho el oficio de la casa y luego partir a la escuela. “Después de la tormenta, cuando llegamos a la escuela vimos que el agua se había entrado en las aulas, y empezamos a hacer la limpieza para recibir clases. Al principio no queríamos venir porque teníamos miedo, pero después de la insistencia y ayuda de los maestros decidimos empezar de nuevo a recibir las clases”, dice.
Para darles una mejor atención a sus alumnos, el profesor Edwin Chabajay informa que recibieron capacitación del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) sobre la forma de atender a los niños y ayudarles a comprender los desastres naturales por medio de programas educativos dirigidos a la niñez y adolescencia para que tengan la capacidad de responder ante cualquier eventualidad de la naturaleza. “Muchos niños temían volver a clases porque al salir de sus comunidades creían que les pasaría algo, estaban atemorizados y no sabían qué hacer ante esa situación, pero gracias a la capacitación que recibimos de UNICEF les hemos dado fortaleza”, explica. En Suchitepéquez, UNICEF llevó a cabo talleres con el material educativo Riesgolandia sobre prevención de riesgos en idioma k’iche’, que le ayuda a los escolares a su formación, prevención y superación de los traumas que pueda dejarles la tormenta. De acuerdo con UNICEF, el regreso a la normalidad escolar es una de las más eficaces formas de contribuir al retorno de la normalidad en la vida de los niños y las niñas, contribuye a la rehabilitación psicosocial tras los traumas de cualquier emergencia y ayuda a los padres de familia a concentrarse en las actividades de reconstrucción. Pero no solo las adversidades de la naturaleza afectan el acceso a la educación a adolescentes como Victoria, ya que la situación económica de su familia es muy limitada para poder comprarles los útiles escolares, el uniforme y los zapatos. “Durante la tormenta Stan nos quedamos sin casa, y con la tormenta Ágata corrimos peligro de ser arrastrados por dos ríos que pasan alrededor de nosotros. Mis hijas lloraban demasiado, hemos perdido mucho y no tenemos dinero para que ellas sigan estudiando y yo ya no aguanto más. Me duele decir que no hay dinero para comprarles un lapicero cuando me lo piden”, cuenta don Julio. Tanto su padre, como su madre, Teresa Matías, le han dicho a Victoria que por la carencia de recursos económicos ella solo podrá terminar el 6º grado de primaria y después tendrá que ayudarles a trabajar y a cuidar de sus dos hermanas. Pese a las adversidades, Victoria no pierde la esperanza de seguir adelante en sus estudios. “Quisiera que el Gobierno, por medio de UNICEF, me pueda dar una beca”, expresa la adolescente, quien sueña con ser maestra y enseñar a los niños que como ella pasan penas para poder educarse. Godínez, Suchitepéquez, Agosto del 2010
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