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La vista hacia adelante

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© UNICEF/Gua2006/D.Ochoa

Sus años de pandillero le sirven para pensar que su vida tiene un mejor sentido: Estudiar, superarse y ayudar a los jóvenes que están en situaciones de riesgo y violencia. A sus 22 años, Francisco* ya logró desvincularse de las maras y ahora se prepara para iniciar su licenciatura en informática.

Francisco enciende su computadora e ingresa a los programas. Muestra algunos sitios en la Internet en donde los pandilleros intercambian opiniones acerca de cómo fortalecer sus agrupaciones. “Me da lástima saber que hay cientos de jóvenes que desperdician su vida en acciones al margen de la ley, tal y como yo lo hice cuando tenía 15 años. A esa edad me integré a la pandilla Black Diamonds, una clica (organización local que opera en los barrios marginales) de la Mara Salvatrucha en el Limón, zona 18”, cuenta.

Su ingreso, como el de todo pandillero, fue violento. “Tuve que pelear con cuatro miembros de la mara durante varios minutos. Eso fue hace siete años. Ahora los patojos (muchachos) tienen que matar a alguien para obtener la autorización de ingresar a la pandilla”, dice.

Hoy, Francisco es un joven rehabilitado gracias a los programas que el Grupo Ceiba, una Organización No Gubernamental, impulsa en la colonia El Limón, en la zona 18, al norte de la capital guatemalteca.

El joven, de 22 años, abandonó la pandilla cuando tenía 19. Logró superar los cursos académicos que Ceiba le proporcionó y actualmente es el coordinador de mantenimiento y reparación de ordenadores e informática.

Marcos Caceros, encargado del programa en El Limón, dice que la tarea ha sido difícil, pero satisfactoria. Actualmente Ceiba ayuda a más de cinco mil jóvenes que ingresan a varios programas que van desde atención en la calle, educación primaria, secundaria, bachillerato, computación y talleres de empresa educativa.

“En Ceiba estamos convencidos de que los jóvenes vinculados a las pandillas se pueden reinsertar en la sociedad. El problema es que las autoridades los ven como una amenaza y no como muchachos que son producto de hogares desintegrados y víctimas de la violencia intrafamiliar”, sostiene Caceros.

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© UNICEF/Gua2006/D.Ochoa

Francisco lo respalda. Cuenta que con el apoyo de Ceiba inició su capacitación y logró abrir sus horizontes. Hoy el joven vive con sus abuelos, quienes lo han respaldado desde el momento que su madre decidió abandonarlo y viajar a Estados Unidos, en busca del sueño americano.

“Tengo hermanos mayores que no se metieron en problemas a pesar de que mi mamá nos dejó. Ahora trabajo y cuido a mis abuelitos que fueron quienes me apoyaron durante muchos años”, relata.

Las estadísticas de las fuerzas de seguridad dan cuenta de que en el área norte de la ciudad de Guatemala las pandillas han copado a los vecinos y prácticamente mantienen amedrentados a los jóvenes y niños. Carlos Hernández, un oficial policial que trabaja en ese lugar, reconoce el trabajo de Ceiba. “Yo mismo le he dicho a los patojos (muchachos) que capturamos que vayan a estudiar con estos señores. Algunos entienden, otros prefieren seguir en esa vida de violencia”, refiere el policía.

El Grupo Ceiba es un aliento de vida para los muchachos que viven en El Limón. De alguna manera, los facilitadores que trabajan con las pandillas se las han arreglado para que quien desee reincorporarse a la sociedad, no reciba represalias por parte de ellas.

Así ocurrió con Francisco quien ahora es bachiller en computación. “Gracias a Dios a mi me respetaron en la pandilla. Ahora pienso seguir una licenciatura en administración en informática. Todo lo que sé y he logrado aprender se lo debo a la gente del Grupo Ceiba”, agrega.

“Me retracto de todo lo que hice. En el camino difícil que viví tuve miedo, ahora camino por las calles tranquilo y concilio el sueño más rápido que antes. Sueño sobre cómo ayudar a los jóvenes con problemas y de hecho ya lo estamos haciendo pues hicimos un primer parlamento de ex pandilleros a nivel centroamericano. Invitamos a la Policía para que entendiera que los jóvenes necesitan ayuda y atención, no sólo golpes”, explica.

Francisco no se conforma. Por las tardes acude a los campos de fútbol de la colonia y conversa con los jóvenes del lugar. Cree que el deporte puede ayudarlos a pensar en otra cosa que no sean las pandillas, tal y como le ocurrió a él con los programas del grupo Ceiba. “Es una lucha diaria”, admite.

Aquel joven que fue detenido por robo agravado y escándalo en la vía pública ya no es el mismo, no piensa igual. No habla igual. En sus expresiones ya no hay odio, rencor o melancolía. Sus palabras expresan esperanza y fe, mientras sus tatuajes siguen siendo testigos de sus años de pandillero. 

UNICEF apoya la ampliación de cobertura del Grupo Ceiba a otros asentamientos de la ciudad y otros municipios del interior del país. UNICEF y Ceiba impulsan la creación de servicios comunitarios de protección para niñas y niños de los asentamientos más violentos de la ciudad de Guatemala.

*Nombre ficticio

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