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Rompiendo el silencio que habita entre cuatro paredes

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© UNICEF/Gua05/ElenaPrieto
Desde hace nueve años, Mildred ha trabajado en casas particulares. Ahora, está contenta, pero ha conocido situaciones poco agradables.

En miles de hogares de Guatemala, hay mujeres empleadas que se dedican, en jornadas casi interminables, a hacer las tareas de la casa. Dentro de esas cuatro paredes, en ocasiones, se ocultan historias y vivencias que rozan –e incluso traspasan– la barrera de lo inhumano.

Romper el silencio y exigir los derechos que toda persona tiene es parte de la labor del Centro de Apoyo para las Trabajadoras de Casa Particular, Centracap. En esta asociación, se dan cita decenas de mujeres para compartir sus experiencias, crear redes de apoyo, brindar asesoría jurídica a problemas laborales, impulsar normativas legales para mejorar sus condiciones de trabajo o recibir capacitaciones. Una de esas mujeres es Mildred Díaz, mamá soltera de 27 años, originaria de Coatepeque, Quetzaltenango.

“A los 11 anos dejé de estudiar y empecé a trabajar ayudando en mi casa y otros pequeños trabajos que me salían. Cuando tuve 18 años, decidí ir a la capital a trabajar”, cuenta Mildred. Una vez allí, se empleó en una casa, como interna, por apenas Q300 al mes. “Era un hombre viudo, con seis varones y tres señoritas. El trabajo era mucho y además...”, señala esta joven, dejando a medias su narración.

Mildred no da mayores detalles sobre el trato recibido en esa casa pero, aunque no lo diga abiertamente, insinúa que pudo haber acoso u hostigamiento. “Los hijos me encerraban en el baño, amenazaban con entrar ahí conmigo... El trato de los varones era pésimo”, recuerda.

Un estudio del año 2004 realizado por Centracap indica que son  muchas las trabajadoras de casa particular que no reconocen ese extremo: el hecho de haber sido acosadas sexualmente. En ese documento, ante la pregunta “¿En su trabajo la acosan sexualmente?”, un 8% señaló que sí, un 59% indicó que no, mientras que un 33% prefirió no contestar.

Revertir ese tipo de situaciones es parte del trabajo de Centracap. Y, en ese esfuerzo, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, UNICEF, ha apoyado a la asociación en la conformación de redes de mujeres, en capacitaciones de liderazgo o en la elaboración de una propuesta de ley encaminada a proteger a las trabajadoras de casa particular.

Centro de apoyo

“Aquí, en Centracap, todas nosotras encontramos apoyo, porque las compañeras han vivido situaciones similares”, indica Mildred, quien después de dejar su primer trabajo en la capital, ha ido empleándose en diferentes hogares, siempre como interna.

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© UNICEF/Gua05/ElenaPrieto
Mildred, después de haberse capacitado, ayuda a la formación de otras mujeres en el área de belleza.

“Las veces en las que me he quedado sin empleo, en la residencia que tiene Centracap, encontré un espacio para mí. Aquí, he ido adquiriendo la conciencia de que tenemos derechos como personas que somos. Yo antes sentía que me hacían trabajar mucho y que el trato no era el adecuado, pero no daba el paso de pensar que eso no debía ser así. Ahora sí que creo que es incorrecto”, indica Mildred.

Con esa “nueva conciencia”, Mildred suele acercarse los domingos con otras compañeras al Parque Central de la capital –donde habitualmente se reúnen las trabajadoras de casa particular en su día de descanso– para repartir volantes informativos sobre la labor de Centracap o los derechos que las empleadas tienen.

“Creo que es importante que otras mujeres sepan que ahí está Centracap para apoyarlas”, indica Mildred.

Centracap, de hecho, está constantemente viendo cómo darse a conocer y, también, cómo expandirse a otros lugares del país para no abarcar solamente el perímetro metropolitano. En ese esfuerzo, UNICEF les ha dado apoyo en términos de asistencia técnica para el desarrollo de oficinas en San Marcos, Totonicapán y Huehuetenango.

¿Futura peluquera?

Además de conocer sus derechos y encontrar un lugar de apoyo, en Centracap, donde cada socia paga una cuota mínima anual, Mildred ha adquirido nuevas destrezas profesionales gracias a los cursos que la asociación brinda. “Después de dejar la escuela a los 11 años, volví  a los “estudios”, cuando entré en la asociación como hace 4 años, y me formé en belleza”, indica Mildred, quien ahora es ella quien ayuda a enseñar a otras mujeres.

Su sueño es tener en un futuro su propio negocio, “de poder ser un salón de belleza”. “Estoy bien en la casa donde estoy ahora y, además, la señora me ayuda a buscar personas a las que peinar, maquillar... Pero no quiero estar siempre en una casa, quiero ofrecerle algo mejor a mi niña”, indica Mildred.
Sus ilusiones son muchas y, poco a poco, está dando sus pasos. “Ahora ya conozco mis dere-chos y me he capacitado para otras tareas. Los cambios llegarán”, puntualiza.

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