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No más paseos en busca de agua

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© UNICEF/Gua05/ElenaPrieto
Tomasa ya no pasará frío nunca más mientras lava el maíz, ahora el agua está en la cocina.

Tomasa Díaz desprende espontaneidad por los cuatro costados. Sale a recibirnos arreglándose el vestido a la altura de la cintura y con una sonrisa deslumbrante en su rostro. Nos invita a entrar en su cocina. “Estaba separando maíz para semilla, cuando oí que llegaban. Fíjense que todo este maíz está malo. No nos sirve para la próxima cosecha” explica dejando caer los copos picados de maíz desde la palma de su mano a la montaña que descansa sobre la mesa del corredor. “Pero que le vamos a hacer… pase adelante para ver mi cocinita, con su pila y su chorrito”.

Tomasa está orgullosa de su casa. Desde hace año y medio tiene grifo de agua en la cocina y, aunque pudiera parecer algo muy normal, en Capucalito –una aldea de 600 vecinos del municipio de La Unión, Zacapa– no lo ha sido hasta hace poco tiempo. Anteriormente, el sistema de abastecimiento de agua consistía en quince llena-cántaros distribuidos por las calles de la comunidad. Varias familias compartían cada grifo. Este sistema implicaba la necesidad de desplazarse varias veces al día hasta allá y acarrear pesados cántaros de agua hasta los hogares. A la vez que creaba pugnas entre los vecinos “antes se arruinaban las llaves y no se sabía quién lo hizo. Ahora ya cada uno es responsable de su llave y no hay más problema” explica Antonio Mejía, Secretario del Consejo Comunitario de Desarrollo (COCODE). 

Esta mujer, de complexión delgada pero de gran fortaleza a pesar de sus 60 años, todavía recuerda los viejos tiempos. “Salía a acarrear agua hasta allá arriba, mire (nos indica desde la ventana de su cocina dónde está el viejo llena-cántaros que a lo lejos se distingue). Iba dos o tres veces al día y mandaba a los patojos también dos o tres veces (...) Y eso era cuando había llena-cántaros porque yo todavía me recuerdo cuando teníamos que ir hasta la quebrada que quedaba como a diez minutos caminando, hasta allá abajito íbamos y luego teníamos que traer el agua en estos cántaros de plástico que antes eran diferentes, porque pesaban mucho y si te caías se te quebraban y tenías que regresar por más agua”.

El agua cada vez más cerca

En el año 1989, la Municipalidad instaló un tanque en lo alto de la aldea que abastecía de agua a los 15 llena-cántaros, a la pila comunitaria y a las tres duchas comunitarias. Originalmente, este sistema funcionó sin problemas. Pero según iba aumentando la población y el número de viviendas, la cantidad de agua de este tanque se quedaba corta para abastecer a todos. Fue entonces cuando “el agua llegaba cada tres días y a veces tardaba más. Teníamos que llenar muchas palanganas y aguantar la sed”, explica Tomasa.

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© UNICEF/Gua05/ElenaPrieto
Las nuevas generaciones de Capucalito, como la nieta de Tomasa, crecen con agua en las viviendas.

Ante esta situación, el COCODE comenzó a movilizarse. “Organizamos un comité del agua y solicitamos la instalación de agua domiciliar en la Municipalidad”, señala Antonio Mejía. El Alcalde, Daniel Sosa, explica que la mayor demanda que reciben de las comunidades es el agua domiciliar, la cual por el momento, tiene una cobertura del 82% de los hogares. El Fondo de Naciones Unidas para la Infancia, UNICEF interviene en la financiación de creación de infraestructura de agua y saneamiento de varias aldeas en Guatemala, entre ellas Capucalito.

Tomasa se benefició por partida doble porque su casa es de las pocas que cuenta con dos llaves de agua. La de la cocina y  otra más en el jardín. “Yo quise que hubiera dos porque aquí están los alimentos y allá es para uno lavarse los pies o cualquier otra cosa”. Todavía recuerda la obra que supuso la instalación de las llaves. “Cuando estaban colocando los chorros en la casa, tuve que ir a casa de un mi hijo porque aquí desbarrancaron la casa entera. Todos ayudaron a construirlo, mis hijos batían la mezcla y también hicieron esta pila”.

Por la falta de drenajes, la pila y las duchas comunitarias siguen en uso. El COCODE está trabajando para conseguir financiamiento de la Municipalidad para la construcción de un sistema de drenajes que mejore la calidad de vida de sus habitantes. El largo proceso hasta conseguirlo no ha hecho más que empezar pero, de momento, están felices con las llaves de agua en cada casa.

Desde la comodidad y el calor de su nuevo hogar, Tomasa no oculta su satisfacción. “Pasaba mucho frío cuando iba a lavar mi maicito, viera usted cómo temblaba yo; en cambio ahora ya nada. Viera que vengo aquí a mi cocina por la mañana, enciendo el fuego y con las ventanas cerradas no siento nada de frío. Paso aquí mucho tiempo y me encanta”.

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