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Lucha contra la desnutrición

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© UNICEF/Gua06/JRChewsKlee
Roel, de dos años, padece Síndrome de Down y elevada desnutrición. Lleva un mes en recuperación y su vida empieza a cambiar.

Jocotán es uno de los municipios al este de Guatemala (América Central) que desde hace algunos años ocupa la atención de los medios de comunicación nacional e internacional por una causa: la elevada desnutrición que afecta a su población, especialmente a los niños y las niñas.   

Año con año sus habitantes, en su mayoría de la etnia Chortí, luchan por sobrevivir contra múltiples adversidades, como la sequía que hace algunos años destruyó el 90% de sus cultivos.

Las parcelas familiares no superan las 3 cuerdas (1.300 mts2) y están ubicadas en una topografía que no beneficia el cultivo para el autoconsumo, en un área de bosque subtropical cálido, por lo que sobreviven comiendo hierbas y tortillas de maíz con sal. Una dieta que no les aporta los elementos nutricionales adecuados para vivir en condiciones dignas.

A la fecha, ambos municipios han emprendido una verdadera cruzada para enfrenta este flagelo que ha cobrado la vida de varias personas, especialmente niños y niñas afectados por desnutrición crónica y aguda. 

En una acción coordinada, varias instituciones nacionales e internacionales han puesto su mirada en estas localidades que parecían hasta ahora olvidadas. Entre ellas, el Programa conjunto para la Disminución de la Desnutrición Crónica en Niños y Niñas menores de 36 meses, un esfuerzo de del gobierno, que invierte en 12.7 millones de dólares y varias agencias de Naciones Unidas que invierten 33 millones de dólares, para ejecutar un plan de reducción de la desnutrición crónica en niños y niñas menores de tres años, que incluye igualmente la recuperación nutricional de los que tienen desnutrición aguda, y la mejora de peso en mujeres embarazadas.

Aunque la ayuda se ha dejado sentir, el problema aún golpea a la población, en el Centro de Recuperación Nutricional, reciben pacientes casi a diario y solamente durante el año 2004, atendieron 197 personas por esa causa. Una de las huéspedes de mayor edad, es Hilda Leticia. Su aspecto denota la vida que ha llevado con tan sólo 8 años.

“Tengo que estar aquí hasta que se me deshinche la cara” dice, tratando de explicar una verdad que salta a la vista: sufre un grave tipo de desnutrición llamada kwashiorkor, provocada por la pérdida de proteínas en su alimentación, que le hace acumular agua, aunque su peso aparenta estar dentro de los parámetros normales.

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© UNICEF/Gua06/JRChewsKlee
Hilda de 8 años espera pacientemente, la visita de su padre al Centro de Recuperación Nutricional en donde está internada.

Hilda ingresó al centro hace tan sólo 6 días antes y su cara pálida y redonda refleja cierta tristeza, aunque es otra cosa lo que la preocupa:

“Mi papá dijo que vendría a verme pero no lo hizo. Seguro vendrá otro día” dice resignada y sin fuerzas para quejarse.

Antes de internarse, ella fue a dejar sus tareas escolares del primer año de educación primaria que cursa. Quiere que le asignen nuevas, comenta, pero no puedo ir  por lo que espera pedirle a su papá que se las lleve.

Cuando le preguntan sobre su salud tiene una respuesta que resume en palabras infantiles todo su drama: “En mi casa como sólo tortilla y la cara se me soplo”, para explicar con el lenguaje local, su apariencia.

¿Y quieres irte de aquí? “Estoy contenta” dice “aquí como fríjol y carnita y en mi casa no hay de eso”. “Pero puedo comer fruta, lo que más me gusta”

En el Centro Nutricional informan que a menudo llegan pacientes como Hilda que no aparentan estar desnutridos y sus familias no acuden por ayuda ya que consideran que están sanos. Este tipo de pacientes kwashiorkor alcanza el 50 por ciento del total de atendidos.

Lo bueno, es que al parecer las familias aprenden cómo alimentar a sus hijos e hijas y se preocupan en conseguirles alimento porque ya no vuelven por esa causa, sin embargo, se preparan para otro año difícil, ya que de julio a agosto escasea el alimento.

Afrontar el problema no es cosa de unos días, hay mucho por hacer. Esto lo saben representantes de la sociedad civil y el Estado, quienes analizan y coordinan iniciativas para atacar el fenómeno, a través de la Mesa de Seguridad Alimentaria, en la que se establece el dialogo, la concertación, se exponen sus mejores propuestas y evalúan los avances de sus acciones. Todas estas personas comprenden que se necesitará algo más que voluntad para lograrlo, para empezar, medidas profundas y de largo alcance.  

Hilda esperará en vano, su papá no llegará en toda la semana. El es agricultor y se encuentra cultivando tierras ajenas. Su mamá cuida 4 hermanos. “Mi hermano más pequeño llora mucho, creo que tiene hambre” dice con conocimiento de causa.

Aún así, Hilda no olvida la escuela: “Voy a pedir que me traigan los deberes para hacerlos en el Centro. No quiero estar retrasada para cuando regrese”.

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